Creemos que la Biblia es la Palabra de Dios

La Santa Biblia es la Palabra de Dios divinamente inspirada. Ninguna otra escritura es de tal origen. Tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento son la Escrituras autoritarias infalibles para la fe y practica del pueblo de Dios. Ningún otro escrito o autoridad es requerido para entender el Plan de Salvación y la voluntad de Dios para la humanidad. Originada en Dios el Padre, la Palabra de Dios es cumplida en Jesucristo Su Hijo, y a aplicada a nuestras vidas por el Espíritu (2 Timoteo 3.15-17; 2 Pedro 1.20-21; Hebreos 1.1)

Creemos en un solo Dios El Padre

La Suprema Deidad del universo es Dios Todopoderoso. Él es quien creó todas las cosas por Su Palabra, y las sostiene por Su Poder. Él hizo el pacto con Abraham, dio la ley en el monte Sinaí, y habló a través de los profetas. Él es revelado más perfectamente como el Padre de nuestro Señor Jesucristo, y el Padre Celestial de todos aquellos que creen en Jesús. Al final de esta era, Dios juzgará al mundo por medio de Cristo y reinará eternamente como Rey sobre todos los redimidos (Hechos 17.24-31; 1 Timoteo 1.17)

Creemos en el Unigénito Hijo de Dios

Jesucristo es el unigénito Hijo de Dios. Antes que el tiempo comenzara, Él existía con el Padre, compartió la gloria del Padre y participo en la creación. Renunciando voluntariamente a los derechos de Su deidad, él fue concebido del Espíritu Santo en la virgen María y nació en Belén. En completa humanidad, él obedeció perfectamente a la voluntad del Padre, murió por crucifixión, fue sepultado, y resucitó después de tres días y tres noches en la tumba. Él entonces ascendió a los cielos, y está sentado a la diestra de Dios como Salvador y Redentor de todos aquellos que confían en Él. ¡Jesús es Señor! (Juan 1.1-3; Filipenses 2.6-11)

Creemos en el Espíritu Santo

El Espíritu Santo es la presencia de Dios en los creyentes. El Espíritu Santo es el Consolador o mejor Ayudador, prometido y  enviado de Dios después de la ascensión de Jesucristo. El Espíritu Santo mora en aquellos cristianos que le creen a Dios y le obedecen. Es Cristo Glorificado en la vida de todo aquel que ha recibido a Jesús como su Señor y Salvador. Dios revela la verdad bíblica, redarguye a las personas de pecado y las atrae hacia Jesús, regenera a quienes creen, da poder para vivir y testificar de Cristo, produce frutos de justicia y santidad y otorga dones para el servicio (Juan 15.25; 16.7-11; 1 Corintios 12.4, 13; Gálatas 3.14; 5.22-23; Tito 3.5-6)

Creemos que el ser humano es pecador

Dios creó al hombre y a la mujer a Su imagen y semejanza. Cuando nuestros primeros padres desobedecieron a Dios, la maldición del pecado, el sufrimiento y la muerte vinieron sobre el ser humano. Como resultado, toda la humanidad participa del pecado original por naturaleza y elección propia, donde toda la creación experimenta sus miserables efectos. El pecado no será completamente erradicado en esta era presente sino en la manifestación gloriosa del Reino de Dios en la segunda venida de Cristo, el Señor (Efesios 2:1-3; Marcos 7:20-23; Romanos 5:12; 7:14-23).

Creemos en el Plan de Dios para la Salvación

Dios proveyó el camino de salvación para que la humanidad escape de la pena de la muerte eterna  pronunciada sobre los pecados. Jesucristo ganó esta redención por medio de Su vida sin pecado, Su muerte sacrificial, y Su resurrección. En todo esto Él se convirtió en nuestro representante legal en los cielos. A través de Sus méritos, el perdón de pecados y la seguridad de la vida eterna pertenecen a todos los que creen y aceptan el plan de salvación de Dios a través de la fe en Cristo. Este es el corazón del evangelio: Cristo murió por nuestros pecados y por medio de ello compró la salvación eterna para todos los que continúen en la fe (Romanos 3:21-26; 5:6-8; 1 Pedro 2:22-24; 1 Corintios 15:3,4).

Creemos que tenemos que dar respuesta al Plan de Dios

Cuando una persona escucha el plan de Dios, ésta persona decide aceptar a Jesucristo como Salvador y Señor o continuar en condenación. Aceptar a Jesucristo significa creer en la verdad del evangelio. El que cree en esta forma es justificado delante de Dios y nacido de nuevo en el Espíritu. Al aceptar a Jesucristo implica confesar y arrepentirse del pecado, confiar en el Salvador y convertirse en discípulo del Señor. Éste entonces camina el camino de la  obediencia, incluyendo la confesión pública de Jesucristo, el bautismo en agua, la restitución, el seguimiento de las enseñanzas y el ejemplo de Jesús (Hechos 2:36-42).

Creemos en el bautismo por inmersión 

El bautismo por inmersión en agua es la respuesta ordenada a la muerte, sepultura, y resurrección de Cristo para nuestro beneficio. Esto representa el pacto de unión del creyente con el Señor: muerte al pecado, sepultura de la vieja naturaleza, y resurrección a una nueva vida. El bautismo en sí mismo no salva, sino que es un acto de obediencia al evangelio que no debe ser pospuesto en seguimiento a la fe, el arrepentimiento, y la regeneración. Esto está designado no para los infantes, sino para quienes conocen el plan de salvación de Dios, reconocen su pecado y deciden confiar y obedecer al Señor (Romanos 6:1-11; 1 Pedro 3:21).

Creemos que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo

La Iglesia es el cuerpo espiritual de creyentes que tienen fe en Jesucristo y obedecen la voluntad de Dios. Ella tiene a Cristo como su cabeza y existe universalmente y localmente para adorar a Dios, estudiar las Escrituras, predicar el evangelio, nutrir a los creyentes y servir a la humanidad. La organización de la iglesia es bíblica y conveniente. Nosotros reconocemos  a la Iglesia en dondequiera que la Palabra es predicada fielmente, las personas responden con obediencia, y las ordenanzas del Bautismo y la Cena del Señor son administradas (Hechos 20:28; 1 Corintios 12:13; Efesios 3:10; 1 Timoteo 3:15).

Creemos en la Cena del Señor

En la Cena del Señor, el pan sin levadura y el fruto de la vid son recibidos como emblemas del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, los cuales Él ofreció como sacrificio por el pecado. En este memorial de la muerte del Señor, ilustramos nuestra unión con el Salvador, tenemos comunión con los demás como el Cuerpo de Cristo, y proclamamos nuestra esperanza en Su pronto regreso. Jugo de uva sin fermentar es el símbolo que escogemos para Su sangre. (Mateo 26:26-29; 1 Corintios 11:23-26).